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martes, 7 de junio de 2011

Globo

I

El final de la historia y su comienzo fue cuando ella me dijo: “No podés pasar, no estoy sola”. Tenía puesta esa bombachita blanca que tanto me gusta y una camiseta. La cortina de juncos filtraba la luz y dibujaba extraños dibujos –algo chinescos– sobre el lienzo de su camiseta ... adentro sonaba una música clásica y ... Pero no podía pasar, no estaba sola.

Al principio me dio bronca no poder pasar. Llovía y hacía tanto frío.

Cuando me di cuenta de todo, de la historia, de su fin, de un nuevo comienzo, del parto, de la catarsis, del dolor, de la soledad... porque esta vez no se lo iba a perdonar. No podría. Estaba enamorado.

Para colmo (de ahora en más todos serían paracolmos, porque todo me haría acordar a ella –estaba paulatinamente tomando conciencia de ello y de que me dolía la panza y quería vomitar–) en la calle me lo cruzo al viejo. ¿Qué haría a esta hora?

—Repartir diarios, boludo. Si acá sacan el diario con dos días de anticipación.

—Por lo menos tiene una buena bici.

—Qué buena bici, ¿no le viste el sombrero? Es a- lu- ci- nan- te. ¡Se lo tenemos que robar!

...Y se lo robamos nomás, porque nos apropiamos de su origen, de su historia, de su magia y sólo le dejamos al viejo el fantasma físico del sombrero, su representación, para que le cubriera la sesera del frío y la gente siguiera mirándoselo sin vérselo. Veníamos completamente ebrios.

—Eh, diariero!

—Eh, guiaguiero!

—Dígame señor, no mejor le digo yo: ¡qué hermoso su sombrero!

—Ah, la señorita sabe, tiene buen gusto. Sabe reconocer un buen paño.

Me miraba a mí, como siempre que dos machos hablan de una hembra, la pasan por alto, hablan directamente con el propietario, aunque digan maravillas de ella. (Yo asentía, no podía articular palabra).

—Y dígame, ahora sí señor, es antiguo, ¿no?

—Sí señorita, del siglo pasado.

—Eh... se...len –me atreví a decir.

—El señor no me cree, pero tiene su historia.

— ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Cuéntela, déle, déle.

El viejo se reía totalmente satisfecho. Como si todo lo otro fuera un pretexto, como si andar vendiendo diarios con el yelmo de Mambrino en la cabeza fuera una provocación para que alguien le pidiera que contara una historia.

Me atacó esa alegría inexplicable que me da cada vez que el otro espacio invade éste. Sabía que se venía algo bueno.

El alcohol que teníamos adentro nos alcanzaba para aguantar este frío y todo el que viniera. Y el viejo seguía riendo tan contento que no iba a sentir nada: ni frío, ni miedo ni nada. A mí me dio miedo de que desapareciera después de contar la historia. Como desaparecen las cosas de la naturaleza cuando ya no tiene fin que las justifique. Como me sentía yo ahora, con ganas de desaparecer, porque ella ahora estaba con otro, haciendo las... ¡basta, basta! o voy a vomitar.

—De gurí, o sea de esto hace como cincuenta años, medio siglo, mire, vea, el doble de la edad de ustedes o la edad de los dos juntos...

Ella empezó a rascarse los tendones, podrida de tanta paráfrasis.

—Le sigo contando. De gurí, yo lo acompañaba al viejo a la madrugada a buscar los diarios. Pero algunas veces el viejo, para que ni me aburriera, me dejaba en la plaza, sobre todo, en verano, cuando sacaban las mesas del bar de enfrente a la vereda, entonces los mozos me cuidaban. Aparte por esas épocas acá no pasaba nada.

—Y ahora tampoco –dijo ella.

—Cómo no, m’ija. ¿Y la delincuencea?

—Ah, pero ésa siempre estuvo muy bien organizada –dije yo.

(Nos reímos sin que el viejo entendiera).

Una de esas madrugadas de verano en que mi viejo me dejaba en la plaza había un señor raro pero elegantón el hombre, sentado en un banco. No miraba para ningún lado en especial. Parece que cavilaba algo que lo traía muy preocupado. Y yo, de gurí metido, me le arrimo y me pongo a mirarlo tanto al pobre hombre que lo saqué de sus pensamientos. Tenía un traje impecable, un bastón con mango de oro y un hermoso sombrero. Se notaba que el hombre era un hombre bien. Sin duda. No. Sí. Eso se notaba, vea. Debe ser que con la mirada nomá le pregunté que qué le pasaba, porque ahí nomá me soltó su historia, tenía acento medio estraño, de gringo.

Me dijo que vivía en no sé qué aldea de Inglaterra y no va que después me dice que su nombre era el de la aldea. Mejor dicho al revés, que la villa tenía su nombre porque él, el hombre, era conde o duque o algo de la ... ¿cómo es que se llama?

—Nobleza –dijo ésa.

—Ajá, debe ser. Que tenía un hijo que era una monada. Pero que se había enamorado de una negra de por acá, mucho mayor que él, que el hijo, y él se le opuso y que entonces el muchacho y la negra se le fugaron y que a los dos meses lo llaman para pedirle plata, al conde, porque se habían quedado sin, y que el conde sotilmente averiguando la dirección, en vez de mandarle la plata se había venido. Los encontró viviendo en una pensión de mala muerte y él por esos días estaba parando en el Gran Hotel con su hijo, tratando de convencerlo para que deje a la negra. A mí se me hace que negra negra no debe haber sido, sino una de nuestras mujeres nomá, porque acá negros no hay.

—Gracias a la triple alianza –dijo ella.

—¿Cómo dice? –dijo él.

Yo le hice señas de que siguiera, porque continuábamos ignorando cómo había ido a parar el sombrero de la cabeza del noble inglés a la del diariero. La cuestión es que entre dimes y diretes el noble se fue, olvidándose el sombrero en el banco de la plaza.

—Yo salí corriendo a devolverseló, pero los mozos me pararon en seco, porque si me dejaban ir, mi padre les cortaba el gañote de a uno. Les expliqué que el conde ... y me cortaron guasamente:

—¿Ma qué conde? Éste es in viejo chiflado de acá nomá. Tenían plata, eso sí. Pero éste la fundió toda con el chupi. Y quedó, encima, medio tocado, porque no se resigna a no ser gente. Bien. Regalále el sombrero a tu papá, por viejo bolacero... Pero me lo quedé yo. Ejercía sobre mí una magia magnética. (Ahora el bolacero soy yo. El viejo no debe haber dicho eso, pero era la idea).

—La cuestión es que no lo vi más, y lo buscaba. A mí se me hace que los mozos, de envidiosos nomá, me macanearon. Además un pobre diablo no se olvida así como así un sombrero tan costoso, ¿no le parece? Debe haberse ido a su villa a morir en paz. Con su hijo o sin su hijo, sin acordarse siquiera del sombrero.

...Y seguirá convencido de su historia. Los mozos de la suya. Nosotros de la nuestra. Porque así es el tiempo. Un vacío enorme que llenamos con historias. Todas puntualmente ciertas, tangibles, porque nos llenan el tiempo. Una dentro de la otra... y la de todos.... y la mía. ¿Qué sería de la mía ahora sin ella? Ella que me dijo mientras taconeábamos la noche de vuelta:

—Me hubiera gustado ser una de esas chifladas de la belle époque, adinerada, y comprarle todos los diarios por el tiempo perdido. ¡Pero nunca le hubiera comprado su sombrero!

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